El Rin de la SN

8 Mar

El Rin de la SN

Este es uno de los métodos de tortura más conocidos en la historia contemporánea de Venezuela, si bien no debe ser el único, junto con la aplicación de descargas eléctricas fue una de las técnicas de interrogatorio de la desaparecida Dirección de Seguridad Nacional, en los tiempos del General Marcos Pérez Jiménez. Hemos querido caracterizar esta tortura en fotografía para que las nuevas generaciones de venezolanos y latinoamericanos reconozcamos el valor de la libertad y defendamos los derechos humanos en base a los principios de democracia, paz, amor, respeto y solidaridad.

La Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes define la Tortura, como:

A los efectos de la presente Convención, se entenderá por el término “tortura” todo acto por el cual se inflija intencionadamente a una persona dolores o sufrimientos graves, ya sean físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una confesión, de castigarla por un acto que haya cometido, o se sospeche que ha cometido, o de intimidar o coaccionar a esa persona o a otras, o por cualquier razón basada en cualquier tipo de discriminación, cuando dichos dolores o sufrimientos sean infligidos por un funcionario público u otra persona en el ejercicio de funciones públicas, a instigación suya, o con su consentimiento o aquiescencia. No se considerarán torturas los dolores o sufrimientos que sean consecuencia únicamente de sanciones legítimas, o que sean inherentes o incidentales a éstas.

Articulo 1. Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes.

Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes.

Artículo 5. DECLARACIÓN UNIVERSAL DE DERECHOS HUMANOS.

La fotografía.

Para la caracterización de la fotografía partimos de los testimonios de la novela “La Muerte de Honorio” escrita por Miguel Otero Silva en 1961, apenas tres años después de la caída del dictador. Como dice en nota preliminar: “Los personajes y argumento de este libro son imaginarios. En cuanto a los maltratos que en él se narran son auténticos y fueron padecidos por venezolanos de carne y hueso en los años inmediatamente anteriores a 1958”.

En el capitulo El periodista, este personaje relata cómo le fue aplicada la tortura del ring, llama la atención que al principio la tortura no parece un suplicio tan terrible, lo que permite a los esbirros postergar los golpes y maltratos para mantener a la victima encima del ring.

A continuación la transcripción de la experiencia de El Periodista, en la Muerte de Honorio.

“Ni una palabra se pronunció dentro del automóvil que me condujo hasta el edificio de la Seguridad Nacional. Una vez llegados a este sitio, me empujaron hasta un pequeño salón de la planta baja donde me esperaba, de pie y con el sombrero puesto, un jefe de torturas a quien todos conocen como “El Bachiller”. Era, mejor dicho, es, un tipo de baja estatura, cincuentón, regordete, rociado de agua de colonia, vestido con acicalamiento y fumador en boquilla; una figura cuyos mas mínimos detalles tengo clavados aquí, en mitad de la frente para que no se me olviden. El Bachiller me recibió con esta sentencia: “Ahora si te jodiste, Periodista, porque esta vez no has caído por un discurso sindical de primero de mayo sino por una vaina muy seria”. E inmediatamente masculló varias preguntas acerca de la conspiración militar y yo repliqué con fingida indignación: “Mis convicciones civilistas repudian el cuartelazo como método de lucha”. El Bachiller me miró astutamente con sus ojitos de ofidio o de roedor. Era visible que no esperaba ni tampoco deseaba confesiones voluntarias de mi parte. Por el contrario, apetecía vivamente, desde la alcantarilla más oscura de su corazón de verdugo, el placer de arrancármelas por medio de la tortura. Tenía tanta prisa El Bachiller que a los treinta minutos de haber llegado a su presencia ya me encontraba yo desnudo, esposado a la espalda y montado sobre un ring. Ustedes saben muy bien de que se trata.

 –Yo no. He oído hablar de ese aparato pero no sé exactamente en qué consiste –dijo el Capitán-.

-Se lo explicare con mucho gusto El ring es una de esas filosas armaduras de metal alrededor de las cuales van enrollados los neumáticos de los automóviles. Estos canallas las usan para torturar a los presos políticos, como usted verá en seguida. Descalzo me montaron sobre ese círculo punzante y yo supuse al comienzo que el suplicio no era tan terrible, ya que apenas experimentaba un daño llevadero en la planta de los pies. Pero luego las hendiduras abiertas por el filo del metal en esa piel sensible se fueron ahondando y un dolor agudo me impulso a cambiar de posición sobre el borde del ring, lo que significaba ofrecerle nuevos caminos al cuchillo que me tasajeaba. A medida que transcurrían  las horas se magullaban más y más las plantas de mis pies, ya no me quedaba superficie sana que colocar sobre el filo, manaba sangre de las regiones rotas, se volvió el sufrimiento tan insoportable que yo pretendí a toda costa bajarme de aquellas navajas. Pero en ese momento intervinieron los esbirros y entre planazos, bofetones, insultos, escupitajos y patadas, me treparon de nuevo sobre el artefacto abominable.

-Permanecí cinco horas consecutivas trepado sobre el filo metálico. Insistía tercamente en manifestar mi repudio a las conspiraciones de cuartel y no vacilaba en jurar y perjurar que no conocía a otros militares que aquellos que me había tocado entrevistar en el ejercicio de mi profesión. Bruscamente, El Bachiller me hizo bajar a empellones del ring y me ordeno recuperar los zapatos y la ropa porque íbamos a salir a un lugar donde yo hablaría o moriría, el me lo garantizaba bajo palabra. Me vestí sin dificultades pero mis zapatos entraron a duras penas en mis pies inflamados…”

En el capitulo IV El Médico relata su experiencia con el rin.

-Ya desnudo, descalzo y esposado, escuche la voz del Negro que me ordenaba subir a los filos del ring, y como yo me negara a obedecerle, tres esbirros me treparon a la fuerza. Tal como le sucedió al periodista la tortura del ring no me pareció un sufrimiento insoportable. Por otra parte, allá en el fondo de mi corazón hormigueaba una especie de anhelo que empezaba a cumplirse. Me enfrentaba por fin a la prueba culminante que yo había estado esperando tanto tiempo en medio de mis zozobras de perseguido. Ahora iban a saber si el médico era capaz de soportar el tormento sin hablar, de repetir bajo las afrentas y ante la proximidad de la muerte, una y otra vez la misma frase inexpugnable que se había clavado en el cerebro como un rótulo: “No tengo nada que decir”. El negro replicaba a esas palabras con golpes en mi cara, en mi abdomen, en mi pecho, sitios donde quedaban marcadas en rojo las huellas de sus dedos gordinflones. Al cabo de una hora los bordes del ring me habían cruzado de franjas profundas y sangrantes las plantas de los pies y entonces si sentí las dentelladas de perro furioso. Se me planteo en la mente un conflicto de dignidad: “¿Por qué acepto pasivamente que me torturen en esta forma? ¿por qué me someto a los vejámenes con sumisa resignación, como si les reconociera a estos bestias el derecho a inferírmelos?; ¡no y mil veces no!”. Me bajé resueltamente del ring y me arrojé al suelo, pero llovieron al instante sobre mis costillas y sobre mis tibias los porrazos de los black-jacks de los esbirros, y me treparon de nuevo sobre los filos cortantes. Las bofetadas del negro duraron hasta mucho después del amanecer, hasta el momento en que sus brazos se extenuaron de tanto pegarme y el hombretón optó por echarse en la cama de campaña y dejarme parado sobre el ring, entre dos esbirros dispuestos a romperme los huesos con sus black-jacks si intentaba descender de mi pedestal. El negro despertaba cada cuarto de hora, saltaba de la camita de lona donde escasamente cabía su cuerpo caballuno y se aproximaba a gritarme improperios a escupirme la cara, a preguntarme donde estaba escondido Santos Yorme y a golpearme con las manazas abiertas cuantas veces yo le respondía en voz clara en inteligible: “No tengo nada que decir”…

Nuestro trabajo.

La tortura tiene como característica el daño moral, psicológico, mental; en muchas ocasiones la tortura tuvo como estimulante el protagonismo del ser querido esa madre, esposa, compañera, hermana, hija que bajo su presencia y bajo amenaza de daño busca romper o flaquear al torturado. Hemos querido caracterizar una situación que si bien es ficticia, ya que no corresponde con ningún hecho documentado, no deja de tener todos los elementos de la tortura que busca una declaración o una información de un detenido.

El Escenario.

La Dirección de Seguridad Nacional dependía del Ministerio de Relaciones Interiores, tuvo dos sedes en Caracas la primera desde 1949 a 1953 en la Urbanización El Paraíso en la Segunda Avenida de Los Samanes con cruce a la Avenida Principal de El Paraíso (hoy Av. Páez). En 1953 se construyo un moderno edificio en  la Plaza Morelos cruce con Avenida México, donde funcionó  hasta los sucesos del 23 de enero de 1958, cuando fue saqueado y quemado. Posterior a la disolución de la Dirección de Seguridad Nacional el edificio fue definitivamente demolido, en su lugar y alrededores se construyo un complejo cultural y el Hotel Caracas Hilton, hoy Hotel Alba Caracas. El primer edificio también fue destruido y en su lugar funciona un hospital público.

Nos planteamos como escenario el Cuartel San Carlos en Caracas (construido en 1792), cuartel militar y cárcel hasta 1994, cuando se convierte en un espacio cultural. Allí se encuentran las celdas de castigo conocidas como “tigritos” utilizadas principalmente con los prisioneros guerrilleros de los años 60 y 70, son cinco calabozos construidos a mediados del siglo XX de 90 cm de ancho por 190 cm largo, pintados de negro cuatro de ellos, y que dan a un pasillo a la intemperie. Estos espacios están casi como cuando funcionaban como cárcel, inclusive con los grafos en las paredes de los presos que eventualmente estuvieron allí. En este histórico recinto realizamos la caracterización de la Tortura del rin de la SN.

Concepto, fotografía y diseño gráfico: Arnoldo Rangel. Actores. Hiram Aguilera y Esperanza González. Con la excelente colaboración del personal de la Fundación Capitán de Navío Manuel Ponte Rodríguez del Cuartel San Carlos Libre.

Realizado en el Cuartel San Carlos Libre, Caracas, 2.012.

El rin de la SN (1) El rin de la SN (2) El rin de la SN (3) El rin de la SN (4) El rin de la SN (5)

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